Ultima actualización 24/12/03
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Al comprender que el aprendizaje de la flotación es "sencillamente" un complejo e individual camino de conquistas equilibratorias entre estar parado y acostarse apoyándose en la inestabilidad del agua, comencé a ver las conductas de mis alumnos en forma diferente.
Comencé entonces a batallar por la construcción de plataformas que permitieran a los alumnos partir desde parados, sin dependencia del profesor. Y a difundir la importancia de utilizar las piletas chicas como ámbito pedagógico.
Las colchonetas se convirtieron en los elementos "vedettes" para estimular estos aprendizajes. No sólo era importante tenerlas, sino saber cuales facilitaban o no cada situación.
El camino transitado para llegar a la flotación no terminaba allí, continuaba su exigencia progresiva hacia el desplazamiento subacuático, la entrada de cabeza y el rol adelante.
Realicé entonces un gran orificio redondo en algunas de mis colchonetas, estimulando a los que ya estaban seguros, a sumergirse por él. Con múltiples pruebas, en su ritmo e inclinación particular, veíamos cómo cada uno se aproximaba al descenso subacuático.
La entrada de cabeza implicaba luego la elevación sobre el nivel del agua. Para ello construí rodillos de goma eva de diferentes diámetros. Y, desde un criterio de fundamentación psiconeurológica creamos materiales y variamos metodologías.
La progresión para entrar de cabeza, que tradicionalmente comenzaba desde el borde hacia el agua, salteaba una gran cantidad de integraciones en dicha adaptación.
Sugerimos entonces las primeras entradas desde el nivel del agua y progresivamente fuimos elevándolos luego hasta llegar al borde, al cajón de partida, o al trampolín. Ofrecerles diferentes rodillos para deslizarse voluntariamente sobre ellos, los motivaba a seguir con la graduación. La progresión de situaciones fue entonces una modulación armónica de estimulaciones en el proceso de equilibración de su personalidad.
Muchos grandes de la neurología y la psicomotricidad mundial como Wallon, Luria, Quiros-Schrager, Vayer, Loyber y posteriormente Da Fonseca, me permitieron ver simplemente la "complejidad" de este proceso. Cada logro es particular, cada persona le imprime su riqueza, cada elemento determina una estimulación especial.
La estimulación acuática dista mucho del pautado aprendizaje técnico de natación o de la automatización de conductas del bebé para que sobreviva a una caída al agua. Cumplimos ya treinta años en la comprensión a la luz de la bibliografía universal del desarrollo psicomotor, de la conducta de nuestros alumnos. De crear entornos que permitieran a cada uno experimentar. De luchar muchas veces con la prisa de los padres y de "competir" con las promesas de algunas escuelas o academias de natación tradicional, que aseguraban: "en tanto tiempo su hijo sabrá tal, tal y tal cosa".
Podría creerse entonces que la estimulación acuática no enseña a nadar, pero lo maravilloso de esto, es que estimulando los procesos universales de desarrollo del hombre, en el agua, él solo descubre la natación. Su técnica surge de la aplicación de formas filo-ontogenéticas de tomas y empujes.
Paralelamente, la reafirmación en la constante superación de sus límites, el descubrimiento de sí y la conquista de su libertad acuática, entre otros logros, serán objetivos esenciales en nuestra labor profesional.
Beatriz Pérez