LA CREACION DE VALOR EN LAS INSTITUCIONES DEPORTIVAS
Autor: Ernesto De Vuono
Con mucha frecuencia, en nuestro contacto profesional con dirigentes y/o
representantes de entidades deportivas, escuchamos con mayor asiduidad,
comentarios tales como: “está disminuyendo la cantidad de socios”, “la
competencia por parte de otros clubes cada vez es mas fuerte”, “invertimos
en publicidad y marketing pero seguimos estancados”, “no queda mas remedio
que aumentar las cuota social porque estamos en rojo”, etc. etc.
Ahora bien,
es cierto que el macroentorno en el cual los clubes y entidades deportivas
en general realizan sus actividades impone severas limitaciones o crecientes
desafíos al desarrollo de los mismos, por ejemplo:
-
Congelamiento y pérdida constante del
poder adquisitivo del salario (aunque en proporciones muy inferiores a
décadas anteriores)
-
Irrupción en el mercado competitivo de
grandes cadenas de gimnasios con una fuerte inversión en equipamiento,
con precios de alta competitividad y que cubren amplios segmentos del
mercado, otrora cubiertos por los clubes e instituciones deportivas en
general.
-
Emprendimientos deportivos particulares
(Vg. canchas de fútbol en alquiler) posicionados en nichos del mercado
hasta ahora reservados a los clubes.
-
Falta de una verdadera concientización por
parte de la población de la necesidad cada vez más creciente de realizar
actividades físicas, deportivas o de recreación, pese a las campañas de
apoyo a las mismas provenientes del sector oficial y de organismos
vinculados a la salud pública.
-
El impacto del desarrollo tecnológico
(especialmente en el área del fitness), donde equipamientos cada vez más
sofisticados (y de precios elevados) que unido a la difusión que de
ellos hacen los medios de comunicación, contribuyen a crear en el
consumidor una mayor exigencia en cuanto a las prestaciones que espera
recibir desde la oferta de productos y servicios deportivos.
-
Elevado costo de mantenimiento de las
instalaciones e infraestructura deportiva.
-
Necesidad creciente de logros deportivos y
mejoramiento de la imagen del club, a fin de atraer la atención de
empresas comerciales que permitan viabilizar contratos de patrocinio.
Podríamos
continuar con la enumeración, dado que la lista de problemas a resolver,
limitaciones, desafíos, bloqueos ú obstáculos va in
crescendo.
Ahora bien, como dirigentes debemos
preguntarnos: ¿podemos cambiar la realidad del mundo exterior al club?.
Aún cuando
se lograran algunos cambios (cosa difícil por otra parte) a través de una
férrea suma de voluntades provenientes de muchas organizaciones deportivas,
resultaría casi imposible hacerlo en su totalidad.
Y ello
resulta así en orden a que la creciente globalización, que también ha
llegado al mercado deportivo, ha colocado fuertes barreras para impedir
tales transformaciones, en tanto y en cuanto se opongan a prácticas y
paradigmas de gestión no consensuados entre los centros de mando y decisión
a nivel mundial.
Entonces,
¿qué margen de maniobra tengo para poder gestionar desde la realidad que se
me impone, desde puertas afuera del club?
Ante ello, tengo dos posibles
posturas. Una la pesimista: dejo todo como está y trato de sobrevivir como
pueda.
La otra, y
aunque dotada de cierto sesgo idealista, es un poco más optimista: sin
cerrarme a la realidad que me toca vivir, comenzaré a realizar una mirada
introspectiva, para descubrir que cosas puedo optimizar; cuales me salen
mejor para potenciarlas y que los demás (especialmente los
socios-consumidores-clientes) las conozcan y las valoren; que errores
estoy cometiendo ( o he incurrido en el pasado) para que luego de un
doloroso mea culpa, pueda aprender de ellos y superarlos para no
volver a pisar la misma piedra; qué cosas nuevas puedo incorporar en el club
para que resulte más atractivo.
Y es así que
llegamos al nudo de la cuestión. Debo mirar hacia adentro y descubrir mis
valores, es decir mis riquezas reales y potenciales como entidad
deportiva.
Y acá claro
la cosa se pone un tanto filosófica, pero no por ello demasiado abstracta o
sólo útil para el floreado discurso en la tarima pre-electoral o para
tranquilizar el acalorado debate con los integrantes de la subcomisión de
actividades sociales.
Porqué acá
es cuando, recurriendo a una trillada frase utilizada en otros tiempos,
debemos pasar revista a las “joyas de la abuela”.
Pero no para
regalarlas o mal venderlas, sino todo lo contrario, para encontrar su
verdadero VALOR, quitarles la suciedad acumulada por años de desuso,
volverlas relucientes y mostrarlas con legítimo orgullo, tanto dentro como
afuera del club.
Pero antes
necesito saber ¿qué es el valor?.
Para la
Axiología, una disciplina de la Filosofía, el valor
es una cualidad que permite ponderar el valor ético o estético de las cosas,
por lo que es una cualidad especial que hace que las cosas sean estimadas en
sentido positivo o negativo.
Porque si de algo no debemos tener
dudas, es que el cambio siempre debe realizarse hacia de adentro fuera.
Porque en la medida en que cambiemos
nosotros, no solo internamente sino también en nuestra imagen externa así
nos verán los demás. Reflejamos en el mundo exterior, lo que somos por
dentro, dirían los metafísicos.
Ahora bien, volviendo a nuestra
realidad, ¿por donde empiezo a buscar esos valores?
El secreto está en entonces en hallar
el mapa del tesoro escondido, el qué sin ninguna duda, se encuentra dentro
del perímetro del club.
Quizás se encuentren en el nombre y la
historia del club, a través de sus logros deportivos alcanzados desde la
fecha del acto fundacional plasmado en las copas y premios expuestos en las
vitrinas; a lo mejor sobre el verde césped de ese terreno emblemático que es
el estadio y en el cual partido tras partido la hinchada renueva su
incondicional compromiso emotivo con los colores de la institución; también
sobre las transparentes aguas de la piscina olímpica por la que desfilaron
tantas glorias de la natación nacional, o donde tantos niños, ahora adultos,
comenzaron sus primeros chapoteos bajo la mirada del atento profesor; quizás
en esos enormes espacios arbolados donde se reúnen asiduamente tantas
familias, para compartir un sabroso asado, celebrar un acontecimiento
familiar, o simplemente disfrutar de su tiempo de ocio y esparcimiento.
En una palabra, al descubrir (o
re-descubrir) los valores que poseo en el club, de alguna manera comienzo a
potenciar sus virtudes en el camino hacia sus objetivos y a generar nuevas
interpretaciones de los hechos provenientes del macroentorno al mismo, que
producen sufrimiento, buscando el aprendizaje que hay en los mismos.
De esta manera, como gestor del cambio
institucional, emprendo un proceso transformacional mediante el cual las
personas, equipos y diferentes estamentos que componen la institución
deportiva cuestionan la manera de estar siendo en sus vidas, con miras a
redefinir sus pautas de comportamiento re-valorizándose.
Y es que, ni mas ni menos, en un mundo
en constante cambio se hace imprescindible aprender a aprender.
El aprender a aprender es una
competencia ontológica primordial para los seres humanos, para poder crecer
y desarrollarse en cualquier dominio.
¿Y qué debo aprender a aprender, para
incorporar más valor a mis actividades como club?.
Por ejemplo que...
· Las
actividades y servicios deportivos que ofrezco son en realidad productos.
· El
socio al cual van dirigidos, es en realidad un consumidor, el cual se
encuentra interesado en adquirirlos, en tanto y en cuanto satisfagan sus
necesidades y deseos, y cumplan con sus requisitos en lo referido a la
calidad de los mismos.
· Si
no logro posicionar (en el sentido marketinero del término), la pileta de
natación con todas sus actividades, la cancha de rugby, la enseñanza de
gimnasia artística, los productos que comercializo en el local de
merchandising, o cualquier otra actividad o servicio en la mente del
socio-consumidor, para que los desee, los prefiera en relación a los de
la competencia, y se mantenga fiel a mi marca club, de nada sirve la
publicidad o cualquier otra forma de comunicación.
Y ello solo va a ocurrir, indefectiblemente si en los mismos aquél percibe
valor.
· Es
mucho más fácil retener a un socio ya existente que convencer a otros para
que se afilien al club.
· Es
tan importante cumplimentar las normas de seguridad e higiene de las
instalaciones del club, como brindar una atención esmerada al socio en la
resolución de sus trámites o respuesta a inquietudes. A este respecto, es
ampliamente conocido el paradigma vigente en Disney, donde hasta el
personal encargado de limpieza de los parques está entrenado (y
concientizado) para cumplir, además de las funciones propias, otras
vinculadas a una mejor atención del visitante a los parques, por ejemplo
indicar donde se encuentra emplazada tal o cual atracción. O de repente, que
en la cultura Disney, no esta concebido (y mucho menos permitido) que el
personal traslade su malhumor al público (definido en los manuales de
organización de la empresa como “huésped”).
· Muchos
cambios significativos pueden transformar la imagen del club y potenciar su
valor, sin representar erogación monetaria alguna. Aunque reconocemos que,
si se trata de mejorar el perfil cultural de la institución, debe encararse
un arduo y perseverante trabajo, que puede llevar mucho tiempo para arribar
a la transformación deseada.
· La
mejor publicidad para la institución deportiva es la conformidad y
satisfacción del asociado, lo que produce la difusión “boca a boca”, la cual
posee un crecimiento geométrico al ser positiva.
· El
mejor activo que posee el club es su gente, desde el encargado que custodia
la puerta de acceso, pasando por los utileros, mantenimiento, personal
administrativo, profesores e instructores, deportistas que representan a la
institución en las diferentes actividades, hasta los dirigentes y el
voluntariado que actúa en las subcomisiones de deportes. Todos conforman un
equipo cuya acción apunta a un fin común: el cumplimiento de la misión de la
entidad. Sin ninguna excepción todos realizan
actividades generadoras de valor.
· La
flexibilidad en la estructura de la organización, su adaptabilidad a las
cambiantes condiciones, en una época de transformaciones permanentes y
profundas, es fundamental para la sobrevivencia del club.
De alguna manera, desde esta
perspectiva multidimensional de la entidad deportiva basada en la existencia
de valores que re-conozco (quizás pasaban desapercibidos o estaban ocultos)
empiezo a vislumbrar la posibilidad de introducir paulatinamente cambios,
que deben necesariamente traducirse con el tiempo en mejoras de todo tipo.
Y a partir de ese cambio de percepción
de la imagen del club, y de su fortalecimiento institucional, es factible
alcanzar un mayor margen de maniobra para poder enfrentar las turbulencias
del escenario en el cual nos toca
desenvolvernos.
Ernesto J. H. De Vuono
Técnico en Dirigencia Deportiva