SI TU QUIERES, PUEDES.
“Tanto si crees que
puedes como si crees que no puedes, estás en lo cierto”
Henry Ford
Muchas veces suceden hechos ó acontecimientos
en la vida de un deportista, que por no representar la obtención de una
medalla, batir un record ó, simplemente, ser protagonista de un evento
destacado, pasa desapercibido en razón de su aparente falta de relevancia,
no obstante resultar tanto para el atleta que lo experimenta como para su
entorno inmediato (padres, entrenadores, compañeros de equipo, etc.) de un
inmenso valor por el mensaje implícito y la enseñanza que nos brinda hacia
el futuro.
En un trabajo anterior
(ver “Fidelización de Nadadores” Enero 2007) afirmábamos que en el ámbito
deportivo “hay todo un complejo entramado de satisfacciones de valor que el
deportista espera obtener de la vinculación con una institución deportiva o
un equipo de competición en particular (logros deportivos, perfeccionamiento
técnico, relaciones sociales, aumento de su autoestima, sentido de
pertenencia, y hasta una retribución de carácter pecuniario, en ciertos
casos)”.
Y es indiscutible que
en la producción de ese valor, que el deportista debe percibir para
incrementar su deseo de permanecer en un determinado club, el rol a
desempeñar por parte de dirigentes y entrenadores resulta de una importancia
fundamental.
En una palabra, debe
sentirse claramente motivado para continuar enfrentando los desafíos de todo
tipo que presenta la práctica deportiva.
Lo que reseñamos a
continuación es la breve historia de una nadadora juvenil, que por haber
perdido la satisfacción de pertenecer al club en el que transcurrió gran
parte de su infancia y adolescencia decide cambiar a otro, encontrando en
este último una inesperada fuente de motivación que la lleva a encarar
pruebas de competencia nunca experimentadas con anterioridad.
La protagonista de
nuestro relato comenzó su carrera en una institución que poseía un equipo
competitivo prácticamente inexistente (cantidad exigua de nadadores,
carencia de resultados a nivel local, regional, inexistencia absoluta de
planificación, visión de futuro, etc.).
Fueron transcurriendo
los años y por esas circunstancias del destino (o de las decisiones que
debieron haberse tomado mucho tiempo antes), el equipo comienza a crecer, en
cantidad y relevancia de nadadores como así también en la dimensión de sus
logros deportivos.
Nuestra nadadora, un
poco impregnada por el afecto al club como también por la presencia de
nuevos talentos, que actuaban sobre ella a la manera de espejo, al principio
se sentía orgullosa de su equipo.
Sin embargo, esa luz
que al principio la nueva realidad proyectaba sobre ella, poco a poco se fue
transmutando en sensación de lejanía e incomodidad.
Y es que el equipo iba
creciendo en número y prestigio de nadadores, como así también en logros
deportivos, pero por esa frenética necesidad de sobrevivir obteniendo
resultados, comenzó a privilegiar la incorporación de figuras que le
aseguraran su permanencia en lo alto del podio, antes que la formación y
consolidación de valores propios.
Al principio, la
protagonista de esta historia restaba importancia a esta sensación de
desencuentro. Un poco porque en la adolescencia, todo es lirismo, pasión e
impulso.
Y ello bloquea al ser
humano para que tome cabal conciencia de las situaciones a que se enfrenta,
hasta que éstas adquieren una evidente e indiscutible materialidad
(deportiva, emocional, motivacional, etc.).
El entrenador, quizás
como excusa o legítima expresión de no poder reavivar el fuego sagrado de
nuestra nadadora, expresaba “ya no se que estilos le puedo hacer correr”, “a
todo le pone cuestionamientos”, etc. etc. En el medio de ambos, estaban sus
padres, mudos testigos de una situación desagradable por la que estaba
transitando su ser más amado.
Y es que, quizás como
velada protesta ella veía todo teñido de oscuridad, y en esa negrura poco a
poco sus deseos de seguir nadando se iban extinguiendo. Entre esos “rotundos
NO” se habían erigido como bandera de protesta las pruebas de nado libre.
Y aquí comienza el nudo
de esta historia. Porque, aunque en determinada oportunidad quizás el
entrenador se lo haya propuesto, ella jamás accedió a competir en 800 (y
mucho menos) 1500 metros libres.
Ante el desenlace
inevitable, abandonar la práctica de la actividad deportiva, opta por darse
una nueva oportunidad, continuando su carrera en otro club.
Un soplo de aire fresco
impregnó su vida deportiva. Y, a pesar de las naturales dificultades que
todo cambio trae aparejado, poco a poco nuestra protagonista iba reavivando
el interés por la natación. ¿Las razones de ello?. Pueden ser muchas.
Desde lo institucional,
aprecio que en un equipo donde el entrenador no posee amplios recursos
(humanos, materiales, financieros, etc.) debe esforzarse y agudizar su
ingenio para obtener el máximo rendimiento posible de los atletas que
posee.
Y ello no debe verse
como una crítica a los equipos grandes. Porque va de suyo, que todo aquél
que más posee más quiere, como así también que el ser humano cuando tiene a
su disposición una gran cantidad de recursos y medios, muchas veces pierde
la necesidad de esmerarse en lograr punto óptimo en la utilización de los
mismos.
Pero volvamos al eje de
nuestro relato. Nuestra deportista ahora, se sentía realmente cómoda en éste
su nuevo equipo. Hasta servía ella misma de espejo para deportistas de
categorías inferiores a la suya. La alegría había vuelto a instalarse en su
espíritu.
Un día sorprende a sus
padres con esta noticia: “El próximo fin de semana corro los 800 y los
1500 metros libres”. Sorpresa total para sus padres y para sus ex
compañeros de equipo (uno no abandona los afectos aunque se mude a otro
barrio), pero...¿y para el anterior entrenador?.
Y los corrió. Y aunque
no hizo podio, clasificó. Y en dos difíciles pruebas que jamás había
disputado en muchos años de natación competitiva.
Lo paradójico de esta
historia es que su anterior entrenador la observaba mientras ella afrontaba
este nuevo desafío, sistemáticamente auto-negado a través de muchos años.
¿Qué pensamientos surcarían la mente de este profesional?.
Las preguntas y
respuestas que uno puede imaginar para intentar explicar esta situación,
éste cambio de actitud son muchas. También no podemos dejar de tener en
cuenta la volatilidad de las actitudes de los adolescentes.
Sí nos deja esta
historia importantes enseñanzas. Por de pronto, la necesidad de cambiar
cuando sentimos que algo ya no nos satisface, y que ha dejado de producirnos
alegría y bienestar espiritual.
La otra, es la
necesidad ineludible que deben asumir los entrenadores, no solo de
contribuir al perfeccionamiento técnico de los atletas que las instituciones
deportivas les confían a su cuidado, sino la concientización de que deben
erigirse en líderes, para conducir y motivar a los deportistas.
Y sobre todo, adquiere
una relevancia extrema la forma en que comunican las decisiones a los
mismos.
Es posible que el
anterior entrenador muchas veces le haya expresado a la nadadora su deseo de
que participara en las pruebas mencionadas. Pero quizás, los modos de
expresión, unido a las circunstancias de contexto derivadas de la situación
general de ella en el equipo, la des-motivaban, para acceder a la
petición del técnico.
En cambio, la
deportista en un marco igualmente exigente, pero más armónico, distendido y
motivador, QUIZO Y PUDO, vencer sus propias resistencias.
Ante casos como el
reseñado otra duda que asalta nuestro pensamiento es: ¿cuántos potenciales
valores se perderán diariamente en el deporte, por no estar tan
suficientemente motivados?, o porque los entrenadores, absorbidos por la
problemática del día a día, descuidan la realidad de que los deportistas son
ante todo personas, y como tal deben ser motivados, a fin de que DESEEN
Y TRABAJEN PARA EL LOGRO DEPORTIVO (ó al menos accedan con buena
predisposición anímica a cumplir las órdenes impartidas por el técnico).
Ernesto J. H. De Vuono
Técnico en Dirigencia Deportiva (C.E.T.R.P.)
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