LECCIONES DEL MUNDO DE LOS DEPORTES DE ALTO RENDIMIENTO PARA LA GESTION DE
ORGANIZACIONES. (*)
Si una organización se
encuentra desesperanzada, desanimada y carente de proyectos, un dirigente
deber ser capaz de revertir la situación... alguien tiene que encargarse de
ponerla en marcha.
Warren Bennis
Introducción:
En este trabajo se
vinculan las lecciones aprendidas del mundo de los deportes de alto
rendimiento, y como sus principios pueden ser aplicados al logro en nuestras
organizaciones de: Disciplina, Autogestión, Compromiso, Liderazgo y el
Trabajo en Equipo. Tanto atletas, entrenadores y psicólogos concluyen que la
ENERGIA, es el ingrediente principal de un excelente desempeño.
Los principios del alto
rendimiento y su aplicación en la gestión de organizaciones deportivas:
El mundo del deporte, a
partir del trabajo desarrollado en los Estados Unidos, por psicólogos y
entrenadores, a través de la observación del entrenamiento y desempeño
alcanzado por atletas, poniendo en acción todo su potencial para el logro de
resultados en diferentes disciplinas, nos brinda pautas de que dichos
principios pueden ser aplicados con éxito en el ámbito de las
organizaciones, para optimizar el trabajo en equipo, motivar, resolver
conflictos y enfrentar con mayores recursos la adversidad que nos plantea el
día a día institucional.
Al ocuparnos
simultáneamente de los factores físicos, mentales y emocionales, poniendo a
su vez nuestro principal foco de atención en la energía, podríamos
llegar a encarar la vida y nuestro trabajo como si fuera una serie de
carreras de corta duración.
Imaginemos a un nadador
en una competencia olímpica: pocas actividades producen tal grado de
entusiasmo y provocan admiración como observar el despliegue de habilidades
físicas y mentales al extremo; el movimiento coordinado de brazos y piernas
batiendo el agua, devorando el tiempo físico registrado en los cronómetros o
en las tablas de medición, batiendo récords y superando límites casi
increíbles para una persona común y corriente.
Esa mezcla genial de
virtuosismo y eficiencia también se da en el velocista que baja la marca de
los 10 segundos en 100 metros, los jugadores de fútbol que efectúan pases de
manera sincronizada hasta convertir un gol, o un tenista en el circuito
profesional sacando a mas de 200 kilómetros por hora.
Estas destrezas, mas
que en ningún otra actividad, las podemos observar a diario en el mundo de
los deportes. Lo que es más importante, y aquí tomamos un primer punto de
conexión con la realidad de nuestras instituciones, ambas se realizan
enteramente bajo presión.
Ahora bien, debemos
preguntarnos: ¿existen tácticas o estrategias utilizadas por los deportistas
para activar todo su potencial y que pueda aplicarse (para el caso que nos
ocupa) al ámbito de la gestión de nuestras instituciones deportivas?.
El trabajo de
especialistas demuestra por cierto que sí.
Jim Loehr, prestigioso
especialista americano en psicología aplicada al deporte, fue uno de los
primeros en estudiar de manera científica el alto rendimiento, a partir de
su contacto con deportistas que atravesaban una etapa de estancamiento en su
carrera.
En esa etapa de sus
vidas, afirma Loehr, “buscaban a alguien que los ayudara a recuperar la
eficiencia de su juego y preferían no recurrir a psicólogos o psiquiatras
tradicionales; como yo había participado en deportes competitivos,
decidieron consultarme”
Desde ese momento, la
nómina de atletas que acudió al consultorio de Loehr fue innumerable: Mónica
Seles, Gabriela Sabatini, Arantxa Sánchez Vicario, Nick Anderson, Ray
Manzini y el nadador olímpico Ron Karnaugh, entre otros.
En una primera
instancia, se pudo detectar que los atletas alcanzan en determinado momento,
un “estado de rendimiento ideal”, descrito como un nivel psicofisiológico
durante el cual sienten un alto grado de concentración automática, una gran
confianza en lo que hacen y una profunda sensación de energía. En ese
estadio prevalece una concentración en el presente, y una dispersión o
preocupación casi nula por el pasado o el futuro. Hay comodidad consigo
mismo, relajación y calma.
La segunda cosa a la
cual apuntó en su investigación Loehr, fue cómo provocar voluntariamente ese
estado de equilibrio, es decir bajo que condiciones de entrenamiento los
atletas deben trabajar para alcanzar el alto rendimiento en el momento que
quisieran, y particularmente, hallándose bajo presión.
La primera aproximación
fue hacer foco en los aspectos mentales y emocionales, sin descuidar
los físicos, que también constituyen una pieza clave.
Bajo esta perspectiva,
en palabras de este investigador, “un bajo nivel de azúcar en sangre
puede socavar toda la ecuación. Si no dormían bien, no se entrenaban
adecuadamente y no tenían una buena rutina de preparación física, no
lograban el estado de rendimiento deseado. Claro que también lo impedían
ciertas emociones, como el enojo, la tristeza, el entusiasmo desenfrenado, y
causas mentales como la dificultad para concentrarse”.
Por espacio de 15
años, Loehr se concentró exclusivamente en atletas profesionales (16 números
uno del mundo en diferentes disciplinas). Poco a poco, su reputación fue
in crescendo hasta que en determinado momento lo llamaron del FBI
(Federal Bureau Investigación) y hasta de la propia Agencia Nacional de la
Aeronáutica y el Espacio (NASA) para entrenar, en el primer caso a un equipo
de élite para operaciones de rescate, y en el segundo, personal para
desarrollar tareas específicas (controladores de tráfico aéreo, operadores
de plantas de energía, médicos, etc.). Por último comenzaron a llegar a su
consultorio empresarios de renombre de los Estados Unidos.
Hoy Jim Loehr dirige el
Institute of Human Performance, con sede en Orlando, Estados Unidos, y los
principales destinatarios de los cursos y terapias allí realizadas son
ejecutivos de empresas de primera línea.
Una de los primeros
factores que señala Loehr como determinante para alcanzar ese estado óptimo
de alto rendimiento, es el uso de las creencias que nosotros tomamos como
válidas, porque nos han acompañado la mayor parte de nuestras vidas, y
quizás las mismas actúan en un sentido limitante, sin que ni siquiera
podamos advertirlo de manera consciente.
Los cursos de alto
rendimiento dictados por Loehr, parten de enfocarse simultáneamente den los
aspectos físicos, mentales y emocionales. “Uno de los principios
centrales, es que los seres humanos somos, fundamentalmente, narradores de
historias”, afirma. “Para tener un buen rendimiento y acercarnos a
ese estado ideal, debemos ser cuidadosos con el lenguaje que usamos, las
palabras que elegimos y, sobre todo, las historias que narramos”,
sostiene.
De esta manera las
afirmaciones que realizamos sobre nuestros competidores, el rival del
próximo torneo, los resultados de la última reunión de la comisión
directiva, o nuestra dieta y nutrición, son a menudo más importantes que los
hechos reales que las han originado.
Esas afirmaciones,
terminan produciéndonos miedo, alegría, frustración o felicidad. Por ello,
para ser efectivos en condiciones de presión, debemos narrar (narrarnos
mentalmente por caso) la historia mas apropiada a la realidad de las
circunstancias.
Las charlas con el
entrenador al borde de la piscina antes de la competición, en el caso de la
natación, las frases escritas por el director técnico del equipo de fútbol
en el pizarrón del vestuario, o la propia imagen que el deportista se ha ido
creando de sí mismo son fundamentales a la hora de alinearse para ingresar
en una senda de rendimiento óptimo.
¿Y en el caso del líder
o dirigente?. Bien, aquí quizás la situación no es tan diferente. Si quién
dirige, posee una buena reputación, respeto de sus dirigidos, y ha sido
probado como un buen comunicador de ideas hacia su entorno, no habría
demasiados secretos para que logre éxito en su gestión, ya que su propia
historia personal le otorgará autoridad frente a sus dirigidos.
Pero siempre, así como
el deportista realiza su etapa previa de entrada en calor, el conductor o
líder debe entrar en sintonía con su personal, escuchándolos,
auscultando sus sentimientos y emociones, y sobre todo creando una
empatía, es decir situarse en el contexto en el que la otra persona está
razonando, e imaginar como se sentiría él en lugar del otro.
Como los cinco dedos de
una mano, el dirigente posee un abanico de herramientas para gestionar, que
se sintetizan en: poder de comunicación, inspirar confianza,
crear la conciencia de una responsabilidad colectiva, cuidado en los
aspectos éticos de su mandato y orgullo por lo que logra en el
día a día en su institución.
Esas cinco cualidades,
son más fuertes si están juntas, en lugar de separadas. Valga aquí la
metáfora de que un puño cerrado representa la firmeza de propósito en el
ideal a alcanzar. En un deporte colectivo, los jugadores actúan como un
puño, para poder alcanzar un resultado que nunca lograrían si lo hicieran de
manera independiente.
¿Qué une al equipo?,
¿cuáles son sus objetivos comunes?, ¿qué métodos planea utilizar para darle
cohesión?, ¿qué palabras integran el puño del dirigente?.
Competir en el alto
rendimiento no tiene que ver con ganar, sino con la preparación, el coraje,
con entender y nutrir a la gente, y con el corazón. Ganar es ni más ni menos
que el resultado de todo eso.
Para el caso del
dirigente, no hay mayor diferencia: ser competitivos, tener una ética del
trabajo que los impulse a exigirse cada vez más y sobre todo poder
determinar cuál es su umbral de rendimiento, para explotar al máximo sus
fortalezas internas, aprovechar las oportunidades que le brinda el contexto,
minimizar las debilidades y neutralizar las amenazas que lo alejen del
objetivo para el cual fue elegido como conductor.
En esencia, nuestro
manager deportivo debería:
·
Diseñar
una guía o plan de ruta para su gestión. Sin la ayuda del mapa, no sabrá
como alcanzar los objetivos y cómo medir sus avances.
·
Poseer o
desarrollar un estilo propio de conducir. No se debe imitar lo que han hecho
otros anteriormente. Es preferible hallar algo que ninguno ha hecho hasta
ahora.
·
Siempre
ser conscientes de que hay metas mucho más elevadas que los objetivos
personales. El dirigente de instituciones deportivas, debe satisfacer los
deseos y necesidades de los demás y estar dispuesto a trabajar en equipo
cuando sea necesario. Incluso hasta los grandes maestros del deporte como
Michael Jordan entienden que no pueden jugar solos.
·
Como en
el entrenamiento de un nadador que se prepara para batir un récord en
distancia o velocidad, y por ello todos los días recorre innumerable
cantidad de metros por sobre los que deberá afrontar en la prueba en sí, los
conductores de organizaciones deben estar dispuestos a realizar siempre un
esfuerzo adicional.
·
Al igual
que los grandes campeones que se distinguen por su capacidad para
concentrarse y prepararse, desde muy temprano, el dirigente debe focalizarse
en desarrollar habilidades distintivas (conducción del personal,
manejo de los aspectos operacionales, financieros, tecnológicos,
flexibilidad de adaptarse a los cambios, estabilidad en sus principios y
normas internas de comportamiento, etc.), como así también capacitarse y
predisponerse para sortear los factores críticos de éxito en su
gestión (impacto de los distintos escenarios externos al club en sus
aspectos, deportivos, sociales, políticos o legales, niveles de rivalidad
existentes con otras entidades, presión de productos o servicios deportivos
sustitutos a los ofrecidos por su club, poder de negociación con proveedores
de la institución y con los socios/clientes de la misma, sinergia de
recursos, entre otros).
·
Mentalizarse que nada cambia si nada cambia. Albert Einstein decía que
“era más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”. Cuán
aplicable es esta sentencia en la mayoría de las instituciones deportivas de
la República Argentina.
·
Debemos
intentar nuevos caminos, habida cuenta que si no lo hacemos caeremos
irremediablemente en el estancamiento, o peor aún en la desaparición de
muchos de nuestros clubes ú organizaciones dedicadas al deporte.
·
Adquirir
un sano hábito del éxito. Cierta vez le preguntaron a John Mc Enroe en qué
estaba pensando cuando obtuvo su tercer triunfo en Wimbledon, a lo que
respondió “que lo primero que cruzó su mente fue como conseguiría el
cuarto título”. De la misma manera, los logros que vamos cosechando en
nuestras instituciones día a día, junto al humano deseo de volver a verlos
repetir en el futuro nos crear la disciplina en el trabajo. El éxito
es adictivo. Mas no caigamos en el éxito a cualquier precio (por
encima de las reglas y pisoteando las sanas normas del espíritu deportivo, o
en nuestro caso de la ética profesional o dirigencial).
·
Al igual
que los atletas que perfeccionan sus talentos, invierten tiempo en analizar
las derrotas, recordar éxitos pasados y entrenarse constantemente de cara al
futuro, el manager de instituciones deportivas debe hacer un permanente
culto de la capacitación, del esfuerzo por satisfacer las necesidades de la
institución, desarrollando una ética en las relaciones personales con los
diferentes niveles de la entidad y con las organizaciones del entorno
cualquiera sea su grado.
En una palabra ver la
gestión diaria en la forma de un ritual, sin perder de vista jamás nuestro
derecho a equivocarnos, pero sí nuestra obligación de aprender
permanentemente de los errores cometidos para no volver a incurrir en
ellos.
Según Loehr, los
managers enfrentan aún mayores exigencias que los atletas profesionales.
Mientras estos últimos dedican buena parte de su tiempo a entrenarse y una
fracción a competir, los conductores de organizaciones están exigidos a
actuar bajo presión entre 10 y 12 horas por día, teniendo poco tiempo para
recuperarse física o mentalmente.
Hasta la persona de
mente más brillante rendirá poco si no alterna períodos de intensa
concentración y actividad con otros de descanso. De esta podríamos
visualizar nuestras horas en la oficina y las dedicadas a la atención de
nuestros requerimientos personales y familiares como una interminable
sucesión de carreras cortas, antes que como una maratón.
Y aquí empieza a tomar
relevancia el concepto de energía a que hacíamos referencia en el
comienzo del trabajo.
Existen cuatro tipos
de energía en el individuo: física, mental, emocional y espiritual.
·
Física:
Si bien este tipo de energía es reconocido como fundamental en el
deportista, aunque se ha probado que no basta si las otras tres clases no la
complementan, lo es también para la persona que transcurre la mayor parte
del día en la oficina. Aunque para la tarea a desarrollar el mayor
porcentaje requerido sean el ingenio, la brillantez o una buena
inteligencia emocional, nada se puede hacer si la energía física decae.
·
Emocional:
Las emociones y los sentimientos determinan los soportes de actuación de un
deportista en el momento agónico de la competencia. No menos repercuten en
el perfil de un conductor de organizaciones. Las emociones y los
sentimientos constituyen la calidad de la energía de una persona.
·
Mental:
Es la capacidad para concentrar la atención en una cosa a la vez durante
cierto tiempo, y una vez alcanzado el objetivo concentrarse en otros
aspectos de la existencia.
·
Espiritual:
Es la energía que proviene de hacer algo que tiene realmente sentido y
significado y que nos hace sentir bien con nosotros mismos.
Desde esta concepción,
Loehr propone crear un “atleta organizacional”, que se vuelva hábil
en el manejo de su energía, contando con el respaldo de una historia
personal en la organización que lo motive e impulse a actuar con
determinación.
“Convertirse en uno de
ellos no es imposible. Lo más difícil es abrir la mente a la posibilidad del
cambio; de tomar conciencia de que podemos corregir el rumbo de nuestras
vidas”,
sostiene Loehr. Y por ende, agregamos nosotros, adquirir un nuevo
perfil de actuación en nuestra vida como personas y por extensión como
conductores de organizaciones.
Pensemos en los pilotos
de Fórmula Uno. ¿Ganan las carreras a más de 300 kilómetros por hora sin
detenerse?. No, hacen paradas intermitentes para recargar combustible,
cambiar los neumáticos, entre otras cosas. El mantenimiento del vehículo es
vital, porque exigido al máximo es probable que en determinado momento
falle.
Con las personas,
cuando están bajo presión, ocurre lo mismo. Por lo tanto, tienen que aplicar
el principio de equilibrar el gasto de energía con la recuperación
intermitente. Aunque esto en nuestras organizaciones, resulta por demás
complicado de materializar, por cuanto en nuestros hábitos laborales, nadie
apoya el hacer pausas durante el día.
El presidente de un
club, cualquiera sea su tamaño, debe atender simultáneamente muchísimos
problemas al mismo tiempo y de la mas variada índole, importancia o
envergadura: la conversación que quedó pendiente con el director técnico por
el resultado del domingo pasado, atender al representante de un deportista
que busca mejores condiciones en la renovación del contrato, la firma del
contrato para la ampliación del natatorio o las quejas producidas por una
socia derivadas de que el agua de la ducha sale fría en invierno, por dar
algunos ejemplos; ello sin contar el contestar los mails pendientes de
respuesta o firmar la autorización para el pago de sueldos al personal.
Todo suma, agobia,
desconcentra, y en definitiva disminuye la claridad mental para tomar
decisiones.
De esta manera,
siguiendo el modelo planteado por Loehr, nuestro manager deportivo en un
mismo día pasa por estadios de alto rendimiento y energía positiva, y
momentos de mucha energía negativa.
Deberemos buscar el
equilibrio. Regular como hacen los nadadores si la carrera es muy larga.
Saber que de nada sirve lanzarse a la piscina (en nuestro caso sentarse a
resolver problemas a extrema concentración a las 10 de la mañana), si en
mitad de la carrera (nuestro mediodía de permanencia en el club) ya estamos
exhaustos.
Parece como si los
seres humanos fuéramos corredores de una maratón eterna, en la cual, como la
línea del horizonte, la línea de llegada nunca aparece ante nuestra vista.
Todas estas
recomendaciones, parecerían ser un visto modelo teórico. Sin embargo,
comprendidas y lo que es más importante, aplicadas, pueden modificar
nuestros estilos de vida.
Pensemos, en
desarrollar comportamientos que podríamos con el paso del tiempo
convertirlos en rituales, y que nos ayudarían a usar y recobrar energía.
Como todo cambio, no ocurrirá de la noche a la mañana pero si somos honestos
con nosotros mismos, podremos modificar el paradigma y alternar etapas de
alto rendimiento en el trabajo con otras de recuperación de energía.
¿Consecuencias posibles
de ello?. Una forma de vida y un desarrollo laboral y profesional mas
equilibrado y satisfactorio, que aumentará la productividad y también la
capacidad del manager para sostenerla mucho tiempo, para su propio bien y el
de su institución.
Quizás, y volviendo
sobre las palabras de Warren Bennis (profesor estadounidense, considerado
uno de las principales expertos mundiales en liderazgo) expuestas al
principio, utilizando la motivación, energía y el impulso emocional de los
atletas del alto rendimiento durante las competencias, nos sirva para vencer
la desesperanza, el desánimo y mirar el futuro con optimismo, llenando así
el vacío producido por la falta de proyectos, la mezquindad de intereses o
la ausencia de ética, venciendo definitivamente a las fuerzas de la
oscuridad que se abaten sobre nuestras instituciones deportivas.
Ernesto J. H. De Vuono
Técnico en Dirigencia Deportiva (C.E.T.R.P.)
(*) El presente
trabajo esta basado en el artículo “Lecciones del Mundo de los Deportes”
aparecido en la revista GESTION, Volumen 12, correspondiente al bimestre
Marzo-Abril 2007, publicación de HSM ARGENTINA S.A., Buenos Aires, República
Argentina.